Cuando hablamos del calendario inca, no debemos imaginar un calendario como el «gregoriano» ni un sistema matemáticamente documentado como los Maya. El mundo andino no dejó textos escritos en el sentido occidental; su conocimiento fue transmitido oralmente y mediante sistemas como los quipus. Sin embargo, gracias a las crónicas coloniales, la arqueología y la etnoastronomía moderna, hoy sabemos que los incas desarrollaron un sistema complejo de organización del tiempo profundamente ligado al cielo, la agricultura y el orden sagrado del cosmos.
El tiempo en el Tahuantinsuyo no era una simple herramienta para contar días. Era una estructura espiritual y política que sostenía el equilibrio entre el Sol, la Luna, la tierra y el poder del Inca.
¿Tenían los incas un calendario?
Sí, pero no en el sentido europeo del término. Los incas estructuraban el año mediante observaciones astronómicas precisas y una secuencia de festividades rituales que marcaban los momentos clave del ciclo agrícola. Gran parte de lo que sabemos proviene de cronistas como Pedro Cieza de León, Bernabé Cobo, Cristóbal de Molina y el Inca Garcilaso de la Vega, quienes describieron las ceremonias anuales y su relación con el movimiento solar.
Estos testimonios coinciden en que el año estaba organizado en ciclos asociados a celebraciones estatales y agrícolas. Aunque no conservamos un “manual calendárico” inca, la evidencia sugiere una combinación de ciclo solar y ciclo lunar articulados dentro de una cosmovisión cíclica del tiempo.
El calendario solar y el inicio del año
Diversas crónicas indican que el año comenzaba en el solsticio de junio, cuando el Sol alcanza su punto más septentrional en el horizonte del hemisferio sur. Este momento marcaba el inicio de un nuevo ciclo agrícola y era celebrado con el Inti Raymi, la gran fiesta del Sol en Cusco.
En términos astronómicos, el solsticio de junio representaba el “renacimiento” del Sol, pues a partir de ese momento los días comenzaban a alargarse nuevamente. Para una sociedad agrícola de altura, donde las estaciones determinaban la supervivencia, este fenómeno tenía un significado vital. No era solo un evento astronómico, sino una renovación del orden cósmico y del poder del Estado.
Algunos cronistas mencionan que el año estaba organizado en doce periodos rituales asociados a festividades específicas. Sin embargo, es importante precisar que estos “meses” no necesariamente eran idénticos a nuestros meses fijos de 30 o 31 días; probablemente estaban vinculados a ciclos lunares ajustados al año solar mediante observación empírica.
DATO: Pedro Cieza de León, en su Crónica del Perú (1553), documentó que los incas poseían un avanzado sistema para medir el tiempo basado en la observación solar y lunar, fundamental para la agricultura. Destacó el uso de pilares, llamados «sucancas» en el Cusco, que marcaban los solsticios y equinoccios, definiendo los tiempos de siembra y cosecha.
Cómo medían el tiempo: arquitectura y horizonte
El conocimiento astronómico inca no dependía de instrumentos metálicos ni cálculos escritos. Se basaba en la observación directa del cielo y en la integración del paisaje como marcador natural. Montañas, cumbres y formaciones rocosas servían como puntos de referencia para registrar la salida y puesta del Sol en fechas específicas.
En Cusco existía un sistema de marcadores solares descrito por cronistas, incluyendo torres ubicadas en cerros cercanos que permitían identificar con precisión el movimiento solar a lo largo del año. Estas estructuras funcionaban como referencias visuales alineadas con los solsticios y otros momentos importantes.
La ciudad misma estaba concebida como un espacio astronómico. Desde el Qoricancha, el templo principal del Sol, partían líneas sagradas llamadas ceques que conectaban cientos de huacas o lugares ceremoniales. Algunos estudios sugieren que ciertos ceques estaban alineados con eventos astronómicos específicos, integrando geografía, religión y medición del tiempo en una sola red simbólica.
El Intihuatana de Machu Picchu
En Machu Picchu se encuentra uno de los ejemplos más conocidos de arquitectura vinculada a la observación solar: el Intihuatana, cuyo nombre significa “donde se amarra el Sol”. Tallado directamente en la roca madre, este elemento no era un reloj en sentido moderno, sino un marcador ritual-astronómico.
Investigaciones arqueológicas indican que presenta alineaciones relacionadas con los solsticios. Durante el solsticio de junio, la sombra proyectada al mediodía es mínima, fenómeno que ha sido interpretado como una forma de marcar el punto crítico del ciclo solar. Más que un instrumento científico aislado, el Intihuatana simbolizaba el dominio ritual del Inca sobre el orden cósmico.
Qenqo y las alineaciones solares
El complejo ceremonial de Qenqo, cerca de Cusco, es otro sitio asociado a posibles observaciones astronómicas. Posee canales tallados en roca, cámaras subterráneas y espacios que muestran orientaciones significativas hacia el horizonte.
Algunos investigadores han propuesto que ciertas formaciones, incluida la llamada “cara de puma”, tendrían relación simbólica o astronómica. Sin embargo, es importante señalar que esta interpretación no cuenta con consenso absoluto. Lo que sí está documentado es que el sitio presenta alineaciones vinculadas al solsticio de junio y cumplía funciones rituales relacionadas con el ciclo solar.
Dato: Se considera un intihuatana , por que es un calendario que en ciertas épocas del año, como en el solsticio de invierno despierta este puma , considerado el año nuevo andino.
Quillarumiyoc y la dimensión lunar
El sistema temporal inca no dependía únicamente del Sol.
La Luna «Killa» en quechua tenía un papel fundamental, especialmente en rituales asociados a la fertilidad y a la organización de ciertos periodos ceremoniales.
En Quillarumiyoc, en la región de Anta, existe un relieve semicircular esculpido en roca que ha sido vinculado a la deidad lunar femenina. Diversos estudios sugieren que el sitio pudo estar relacionado con la observación de fases lunares y con ceremonias agrícolas. En la cosmovisión andina, el ciclo lunar regulaba ritmos agrícolas y aspectos sociales vinculados a lo femenino.
La coexistencia de ciclos solares y lunares sugiere un sistema lunisolar, donde las fases de la Luna ayudaban a estructurar periodos rituales dentro del marco anual solar.
El llamado “Disco Solar Echenique”
El denominado “Disco Solar Echenique” es una pieza asociada al periodo inca que algunos han interpretado como representación simbólica del orden solar. Sin embargo, no existe consenso académico que confirme que haya sido un calendario funcional como instrumento astronómico.
Más bien, los discos solares en el mundo andino eran símbolos del poder divino del Sol y de la legitimidad del Inca como su representante terrenal. Su función habría sido principalmente ritual y política, más que técnica.
Los meses rituales y el ciclo agrícola
Las crónicas registran nombres de periodos ceremoniales como Capac Raymi, Paucar Waray, Aymoray, Coya Raymi e Inti Raymi. Cada uno estaba asociado a actividades agrícolas específicas, sacrificios, ayunos o celebraciones estatales.
Estos periodos reflejan la íntima relación entre agricultura y religión. La siembra, el crecimiento de los cultivos y la cosecha estaban integrados dentro de un calendario ceremonial que aseguraba el equilibrio entre los seres humanos y las fuerzas del cosmos.
El calendario inca fue un sistema complejo sustentado en la observación astronómica, la arquitectura ceremonial y una profunda cosmovisión religiosa. Aunque no dejaron tratados escritos, la combinación de crónicas coloniales, evidencia arqueológica y estudios modernos demuestra que el Tahuantinsuyo poseía un conocimiento sofisticado del movimiento solar y lunar.
Más que contar días, los incas organizaban el tiempo para asegurar la armonía entre el cielo y la tierra. En ese equilibrio residía no solo la producción agrícola, sino la estabilidad misma del imperio.













